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Los pintxos son mucho más que una forma de comer: son una forma de vivir. En el País Vasco, la gastronomía está profundamente ligada a la cultura, y los pintxos son su expresión más auténtica. Pequeños bocados llenos de sabor, elaborados con ingredientes de calidad y presentados con una creatividad que sorprende a cualquiera.
En los bares de Bilbao, San Sebastián o Vitoria, la barra repleta de pintxos es un espectáculo en sí mismo. Cada uno tiene su historia, su toque especial y su lugar en el corazón de quien lo prueba.
El término “pintxo” (o “pincho”) viene del palillo que solía sujetar los ingredientes al pan. Nació como una forma sencilla de acompañar el vino o el txakoli, pero con el tiempo se convirtió en una verdadera institución gastronómica.
Hoy, los pintxos van mucho más allá de una rebanada de pan con algo encima. Son pequeñas obras de arte que combinan tradición e innovación, y que reflejan el ingenio de la cocina vasca.
Los nuevos cocineros han elevado los pintxos a otro nivel. En ciudades como San Sebastián o Bilbao, muchos bares combinan técnicas de alta cocina con ingredientes locales para crear propuestas sorprendentes.
Cada creación busca sorprender sin perder la esencia: sabor intenso en pocos bocados.

El Casco Viejo es el corazón del “poteo”, esa costumbre de ir de bar en bar probando pintxos y vinos. Las Siete Calles están llenas de tabernas donde se mezclan locales y visitantes en un ambiente animado y cercano.
La Parte Vieja donostiarra es una parada obligatoria para cualquier amante de los pintxos. Aquí la competencia es alta, y eso se nota en la calidad. Cada bar intenta superarse ofreciendo combinaciones creativas con productos del mar y de la huerta.
Más tranquila pero igual de sabrosa. En sus calles del casco histórico encontrarás bares con pintxos tradicionales y propuestas más contemporáneas. Ideal para quienes buscan disfrutar sin agobios.
Ir de pintxos no se trata solo de comer: es una experiencia social. Los vascos practican el “poteo” como una costumbre casi ritual. Se elige una ruta de bares, se toma un vino o zurito (caña pequeña) y se prueba un pintxo en cada parada. La idea es compartir, charlar y disfrutar del momento.
Este ambiente relajado y alegre forma parte del encanto del País Vasco. No hay prisa, ni reservas, ni formalidades: solo buena compañía y mejores sabores.
La calidad de los pintxos nace en sus ingredientes. El mar Cantábrico aporta pescados frescos como anchoas, bacalao o bonito. La tierra ofrece productos excepcionales como los pimientos de Gernika, el queso Idiazabal o las setas de temporada. Todo se combina con técnicas sencillas y respeto por la materia prima.
En cada pintxo se nota ese equilibrio entre tradición y modernidad, entre sencillez y sofisticación.
Visitar el País Vasco y no probar sus pintxos sería como ir a Italia y no comer pasta. Son parte de la identidad, un símbolo de convivencia y un placer para los sentidos.
Cada bar, cada calle y cada bocado cuentan una historia distinta. Y lo mejor es que siempre hay uno nuevo por descubrir. Porque en el País Vasco, los pintxos no se acaban: evolucionan, se reinventan y siguen siendo, año tras año, el alma de su gastronomía.
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