Las 7 estrategias de regulación emocional que debes conocer para que no te coman tus sentimientos
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Un niño tarda mucho en terminar los deberes, olvida instrucciones, se distrae con cualquier ruido o parece no escuchar cuando se le habla. Ante estas señales, muchas familias empiezan a preguntarse si podría tener un trastorno por déficit de atención e hiperactividad.
El TDAH puede producir dificultades para mantener la atención, organizarse o controlar los impulsos. Sin embargo, estos comportamientos no son exclusivos de este trastorno. También pueden aparecer por cansancio, ansiedad, problemas de aprendizaje, cambios emocionales o determinadas condiciones del entorno.
Por eso es importante no sacar conclusiones a partir de una única conducta. Comprender cuándo, dónde y desde cuándo aparecen las dificultades permite encontrar el apoyo que realmente necesita cada niño.
La atención no funciona igual durante todo el día ni ante cualquier actividad. Un niño puede concentrarse durante bastante tiempo en algo que le interesa y perder el hilo rápidamente ante una tarea larga, repetitiva o demasiado difícil.
También es normal que la capacidad de atención cambie según la edad. No se puede esperar que un niño pequeño permanezca sentado y concentrado durante el mismo tiempo que un adolescente.
Para valorar un posible TDAH no basta con observar que el niño se distrae. Los síntomas deben mantenerse en el tiempo, afectar de manera significativa a su funcionamiento y aparecer en más de un entorno, como el hogar y el colegio. Además, la evaluación debe descartar otros problemas que puedan producir manifestaciones similares.
Dormir menos horas de las necesarias puede afectar a la concentración, la memoria y la capacidad para seguir instrucciones. Un niño cansado no siempre parece somnoliento. En ocasiones se muestra inquieto, irritable o especialmente impulsivo.
Los horarios irregulares, las dificultades para conciliar el sueño, los despertares nocturnos o el uso de dispositivos hasta tarde pueden impedir un descanso suficiente.
Antes de interpretar la falta de atención como un problema permanente, conviene revisar las rutinas de sueño. También hay que observar si el niño ronca, se despierta muchas veces o muestra un cansancio excesivo durante el día, ya que en esos casos puede ser recomendable consultar con un profesional sanitario.
Un niño preocupado puede parecer distraído porque gran parte de su atención está ocupada por pensamientos internos. Tal vez esté anticipando un examen, temiendo equivocarse o pensando en un conflicto con sus compañeros.
La ansiedad también puede provocar irritabilidad, problemas de sueño, necesidad constante de confirmación o rechazo a determinadas situaciones. Desde fuera, el niño parece no atender, pero en realidad permanece pendiente de aquello que le preocupa.
Los cambios familiares, una separación, una mudanza, el nacimiento de un hermano o una situación de acoso escolar pueden influir en su rendimiento. Cuando la falta de atención aparece de forma repentina, es especialmente importante explorar qué ha cambiado recientemente en su vida.
A veces el niño desconecta porque no comprende la tarea. Una dificultad específica en la lectura, la escritura o las matemáticas puede hacer que determinadas actividades requieran un esfuerzo mucho mayor.
El menor puede levantarse, evitar los deberes, tardar demasiado o cometer errores por aparente descuido. Estas conductas pueden confundirse con falta de interés o problemas de atención, cuando en realidad intenta escapar de una actividad que le resulta frustrante.
Una evaluación psicopedagógica permite conocer tanto sus dificultades como sus fortalezas y orientar los apoyos escolares y familiares más adecuados.
No ver correctamente la pizarra, tener dificultades para escuchar una explicación o no comprender bien el lenguaje puede afectar al seguimiento de las clases.
En estas situaciones, el niño podría perder instrucciones, copiar mal los ejercicios o parecer ausente. Por eso, una valoración completa de los problemas de atención puede incluir revisiones de la vista y la audición.
También conviene observar si entiende mensajes con varios pasos, si necesita que se le repitan las indicaciones o si tiene dificultades para expresar lo que sabe. Un problema de comprensión puede confundirse fácilmente con desobediencia o distracción.
No todas las dificultades de concentración proceden de un trastorno. Una actividad demasiado sencilla puede provocar aburrimiento, mientras que una tarea excesivamente compleja puede generar abandono.
La forma de presentar el trabajo también influye. Las instrucciones muy largas, una mesa llena de estímulos o varias actividades pendientes al mismo tiempo pueden dificultar que el niño sepa por dónde empezar.
Dividir las tareas en pasos pequeños, utilizar indicaciones claras y establecer descansos puede mejorar su funcionamiento. Estas estrategias no sustituyen una evaluación cuando existe un problema persistente, pero ayudan a observar qué condiciones facilitan su atención.
Estudiar con la televisión encendida, recibir notificaciones o tener juguetes alrededor aumenta las posibilidades de distracción. Los niños todavía están desarrollando la capacidad de ignorar estímulos irrelevantes y organizar su conducta.
Puede ser útil preparar un espacio tranquilo, mantener sobre la mesa únicamente el material necesario y alternar periodos breves de trabajo con pausas.
No se trata de eliminar cualquier distracción ni de exigir silencio absoluto. El objetivo es crear un entorno proporcionado a su edad y a la dificultad de la actividad.
La tristeza, la baja autoestima o la sensación de no ser capaz también pueden afectar a la atención. Un niño que acumula experiencias de fracaso quizá deje de esforzarse porque espera equivocarse otra vez.
Puede mostrarse ausente, olvidar tareas o perder interés por actividades que antes disfrutaba. Las dificultades para concentrarse también pueden aparecer junto a problemas emocionales, por lo que es importante valorar el comportamiento general y no únicamente el rendimiento académico.
Las familias y el profesorado pueden registrar en qué momentos aparecen las dificultades. Resulta útil saber si ocurren en todas las asignaturas, únicamente durante los deberes o también en actividades cotidianas.
También conviene observar desde cuándo existen, cuánto interfieren y qué estrategias ayudan. Esta información facilita que los profesionales comprendan el problema sin depender de impresiones aisladas.
La evaluación puede incluir entrevistas con la familia, información del colegio, pruebas psicopedagógicas y, cuando sea necesario, una valoración sanitaria. El diagnóstico de TDAH no debe basarse únicamente en un cuestionario o en una prueba informática, sino en una evaluación clínica completa realizada por profesionales cualificados.
Cuando un niño no atiende, la solución no siempre consiste en pedirle que se concentre más. Puede necesitar dormir mejor, comprender una tarea, sentirse más seguro o recibir un apoyo específico para aprender.
Evitar las etiquetas precipitadas permite mirar más allá de la conducta visible. Encontrar la causa es el primer paso para ofrecer una ayuda ajustada, respetuosa y realmente útil.

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