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Las crisis en las relaciones de pareja: el punto de no retorno

Seguir juntos o separarse, esa es la cuestión para muchas parejas que acuden a terapia tras una crisis en la relación.

El aburrimiento, la falta de deseo y el agotamiento de un proyecto de vida en común

Nuestras vidas están sujetas, sepámoslo o no, a frases que circulan por nuestra sangre como si fueran propias y lo son, aunque no las conozcamos. Muchas veces al vernos frente a un grave problema, en una situación límite, en crisis ante una experiencia que nos desborda, nos descubrimos haciendo o diciendo “lo que jamás hubiera pensado que podría hacer o decir”. 

Es más, hay ocasiones en las que nos vemos haciendo o diciendo lo que tantas veces criticamos y enjuiciamos severamente en los demás. La crisis en una pareja hace aparecer frases, comportamientos, opiniones, que sorprenden tanto al que las escucha como al que las dice.

La desilusión, el aburrimiento, la falta de deseo, el agotamiento de un proyecto de vida en común, ponen sobre la mesa recriminaciones, reproches, reivindicaciones, interminables discusiones sobre quién hizo más por la relación o sobre quién es más culpable de la situación actual. Se podría decir que han despertado de un letargo rutinario, pero todavía no saben de qué sueño, a qué pesadilla.

Cuando se solicita la intervención psicoanalítica se puede ver en estos casos y, casi siempre transformar, planteamientos inconscientes acerca de la vida en general y acerca de la vida cotidiana de una pareja que llevaron, paso a paso, a ese punto de no retorno. Aclarando que hay parejas que -al conocerse mejor en el curso de dicha intervención- deciden continuar su convivencia y otras que toman diferentes decisiones.

Sin darse cuenta, ir a comer los domingos a casa de mamá y papá se fue convirtiendo en una obligación ineludible, de manera que saltarse una vez esta rutina requería sólidas justificaciones, siempre insuficientes.

Sin darse cuenta, ella dejó las relaciones con sus amigas para estar más tiempo con él que, a su vez, dejó la cena con sus amigos para no volver tarde a casa. Las posteriores recriminaciones nos muestran que se trata menos de una ofrenda al amor que de la instalación de un férreo sistema de control: si estoy con ella, ella tiene que estar conmigo, y viceversa.

Sin darnos cuenta, dejamos el trabajo, los estudios, un proyecto, para gozar más tiempo de la vida familiar o estamos todo el día trabajando porque no soportamos la vida familiar. Poco a poco fueron encerrando el mundo entero en la pareja y cuando hubieron acabado con esta ingente tarea, cerraron con llave la trampa y comenzaron a transitar el camino por el que, en la creencia de que el mundo puede caber en mi pareja, avanzamos hasta perder la pareja y ahí caer en la cuenta de que estamos perdidos del mundo. 

Esclarecer estas situaciones no garantiza que una pareja siga unida, pero sí que si lo hacen, ya no sea solo por miedo a separarse. Y si deciden la separación, que lo hagan de una manera más civilizada.

¿Seguir juntos o separarse?

En una pareja con más de cuarenta años de vida en común, él le dice a ella: Raquel, tú que tienes mejor memoria, ¿nosotros qué éramos: primos, esposos, hermanos…? Quino

Con frecuencia recibimos en nuestras consultas parejas que, aparentemente, vienen a resolver si seguir juntos o separarse. Decimos “aparentemente” porque muchas veces vienen, después de varios años de convivencia, a decidir si empiezan a conocerse o siguen igual, si es que los dos aceptan y/o soportan seguir igual. 

La puesta en escena del drama difiere en cada caso. A veces, hastiados de discutir sin que la discusión llegue a producir un cambio en la situación que están viviendo, agotados del enquistamiento de las posiciones, deciden darse una última oportunidad y piden cita. 

Otras veces, uno de los dos viene ya sentado en el banquillo de los acusados y en la consulta se enfrenta -una vez más- a los sólidos argumentos que expone con severidad el fiscal. Ambos, reo y fiscal tratando de que el analista disfrace su escucha con la imparcialidad que se supone a la toga de un juez que debería dar o quitar razones, adjudicar culpabilidades y absoluciones.

En otras oportunidades llegan hartos, airados entre sí, cargados de desconfianza, plenos de odio, con ganas de denunciar y muy pocos deseos de denunciarse, enrocado cada uno en sus palabras, disparando frases envenenadas, a veces repetidas y otras producto de la posibilidad de hablar ante un testigo desinteresado, es decir, un testigo que, ante las historias que le cuentan, no tiene más interés que cumplir con su función.

Estas breves pinceladas sirven para señalar el escenario en el cual otros actores ausentes de la consulta -los hijos- alcanzan un protagonismo que, seguramente no han buscado. Cuando los argumentos se agotan, cuando la violencia le gana la partida a las palabras, los hijos se convierten en rehenes, en armas arrojadizas, en mercancías para algún malicioso intercambio.

No es verdad que una separación, un divorcio, tenga por sí mismo un efecto perjudicial para los hijos de esa pareja. Quizá, podríamos decir que el tipo de relación que los padres de esos hijos mantengan (estén juntos o separados), entre ellos y con los hijos, sí puede tener influencia en su crecimiento.

Si el niño ve invadida su cabeza por los problemas, las peleas y las discusiones de sus padres, no le quedará mucha cabeza para sus estudios, sus investigaciones, ni para plantearse los enigmas propios de su edad. El daño es doble, por un lado no está en condiciones de comprender ni resolver los problemas de sus padres, lo que puede hacerlo sentir culpable y, por otro lado, verá perturbado su crecimiento.

“¡Tu padre es un dictador!” le dice la madre al niño. “¡Tu madre es una loca!” le dice el padre al mismo niño. Señora: usted no puede saber cómo es el padre para ese niño, el dictador será, en todo caso, su marido. Señor: por las mismas razones, la loca será, si le place, su mujer.

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