Las 7 estrategias de regulación emocional que debes conocer para que no te coman tus sentimientos
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Estás trabajando, preparando la cena o intentando dormir y, de repente, aparece en tu mente una idea desagradable. Puede ser una imagen absurda, una duda insistente o el temor de hacer algo que en realidad no deseas. La reacción habitual es preguntarse: «¿Por qué he pensado esto?».
Los pensamientos intrusivos son contenidos mentales que aparecen de forma involuntaria y provocan incomodidad, miedo, culpa o vergüenza. No los elegimos y, precisamente porque chocan con nuestros valores, pueden resultar especialmente perturbadores.
Tenerlos ocasionalmente no significa que exista un problema psicológico. La dificultad surge cuando se les concede una importancia excesiva, se intenta eliminarlos a toda costa o empiezan a condicionar la vida diaria.
No siempre se presenta como una frase clara. Puede aparecer como una imagen rápida, un impulso, un recuerdo, una duda o una escena imaginada.
Algunas personas temen perder el control y hacer daño a alguien. Otras dudan repetidamente de si han cerrado la puerta, apagado un aparato o cometido un error. También pueden surgir pensamientos relacionados con la salud, la sexualidad, la religión o la posibilidad de que ocurra una desgracia.
El contenido varía, pero suele compartir dos características: aparece sin ser buscado y genera malestar. Que una idea pase por la mente no significa que represente un deseo ni una intención.
Pensar algo no equivale a querer hacerlo, del mismo modo que imaginar un accidente no hace que sea más probable que suceda.
La mente produce pensamientos continuamente. Algunos son útiles y otros exageran riesgos, plantean posibilidades remotas o carecen de sentido. No tenemos un control absoluto sobre todo lo que aparece en nuestra conciencia.
El estrés, el cansancio, la ansiedad o una etapa de incertidumbre pueden hacer que prestemos más atención a ciertos contenidos. Cuando estamos en alerta, el cerebro busca amenazas e intenta anticipar posibles problemas.
También influye la importancia que damos al pensamiento. Una idea que se interpreta como irrelevante suele desaparecer pronto. En cambio, si pensamos que es peligrosa, comenzamos a analizarla y a vigilar si vuelve.
Esa vigilancia puede aumentar su presencia. Cuanto más nos ordenamos no pensar en algo, más pendiente queda la mente de comprobar si lo estamos pensando. Así se forma un círculo en el que el miedo da más fuerza a la idea.
Los pensamientos intrusivos no son exclusivos del trastorno obsesivo-compulsivo, conocido como TOC. Pueden aparecer en momentos de estrés, ansiedad, duelo o cambios importantes, y también sin una causa concreta.
En el TOC, las obsesiones son pensamientos, imágenes o impulsos repetitivos, no deseados y difíciles de controlar que generan ansiedad. La persona puede sentir que necesita realizar rituales para reducir el malestar o evitar que ocurra algo malo.
Estas compulsiones no siempre son visibles. Además de lavarse, ordenar o comprobar, pueden consistir en repasar mentalmente una situación, pedir tranquilidad repetidamente o buscar información de forma constante.
No se debe concluir que alguien tiene TOC únicamente porque experimente una idea molesta. Hay que valorar la frecuencia, la intensidad, el tiempo que ocupa y hasta qué punto interfiere en su vida.

La primera reacción suele ser discutir con el pensamiento. Buscamos demostrar que es falso, analizamos por qué apareció o intentamos obtener la seguridad absoluta de que nunca actuaremos de esa manera.
El alivio que produce esta comprobación suele durar poco. Después aparece una nueva duda y comienza otra vez el análisis. La persona puede acabar dedicando cada vez más tiempo a tranquilizarse, evitar situaciones o pedir confirmación.
Aceptar la presencia de un pensamiento no significa estar de acuerdo con él. Significa reconocer que ha aparecido sin convertirlo en una señal de peligro ni iniciar una lucha interminable para hacerlo desaparecer.
Puede ayudar ponerle un nombre sencillo: «Esto es un pensamiento intrusivo». Esa frase permite observarlo como un acontecimiento mental y no como un hecho que exige una respuesta inmediata.
En lugar de examinar su contenido, conviene volver a la actividad que se estaba realizando. La incomodidad quizá no desaparezca al instante, pero puede disminuir si no se alimenta con comprobaciones y análisis constantes.
También resulta útil cuidar el descanso, reducir la sobrecarga y reservar espacios para actividades que ayuden a regular el estrés.
Cuando el problema está asociado a obsesiones y compulsiones, el abordaje debe adaptarse a cada persona y estar dirigido por un profesional.
Es recomendable consultar cuando los pensamientos ocupan mucho tiempo, provocan un sufrimiento intenso o interfieren en el trabajo, los estudios, las relaciones o el descanso.
También conviene pedir ayuda si generan conductas repetitivas, necesidad constante de comprobación, búsqueda de tranquilidad o evitación de lugares, personas y actividades.
La terapia psicológica puede ayudar a comprender el ciclo que mantiene el problema y a cambiar la forma de responder. En los casos de TOC, uno de los tratamientos utilizados es la terapia cognitivo-conductual con exposición y prevención de respuesta.
La mente puede producir ideas inesperadas, incómodas e incluso contrarias a nuestros principios. Su aparición no convierte esas ideas en deseos ni determina nuestras acciones.
Aprender a observarlas sin juzgarse, reducir la lucha mental y pedir apoyo cuando empiezan a limitar la vida permite recuperar espacio para aquello que de verdad importa.
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