La depresión

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La depresión es, posiblemente, la enfermedad mental diagnosticada más tempranamente en la historia de la cultura. Ya los antiguos hablaban de la melancolía, de ese humor triste que atacaba a las personas, les impedía funcionar con normalidad, cumplir con sus tareas habituales.

Síntomas de la depresión

Hoy en día asociamos a la depresión no sólo cambios de humor. Se acompaña frecuentemente de insomnio, ansiedad, angustia. Asimismo, se producen alteraciones en los hábitos de alimentación: pérdida de apetito, dificultad en la ingesta, etc… La persona siente que “no puede tragar” o “que tiene un nudo y la comida no pasa”. Dolores articulares o musculares, contracturas.

Y estos son los síntomas que, por lo menos al comienzo, se suelen contar. Pero si aparece el diagnóstico, «usted padece una depresión»” las personas dejan de comentar, ya que parece que, al no tener causa orgánica visible, los síntomas están menos justificados y los afectados llegan a sentir cierta vergüenza. 

Que siente una persona deprimida

Menos compartidas con el entorno, ya sea familiar o social, son las ideas que inundan los pensamientos de la persona deprimida. La falta de sentido de la vida, que termina transformándose en una idea de suicidio, muchas veces como salida al sufrimiento o para evitar sufrimiento a la familia. Las personas se dirigen fuertes autorreproches, se acusan de no haber sido tal o cual cosa, de no haber hecho… En resumen, de no cumplir con ciertas expectativas que ellas mismas o sus padres tenían. Y estas ideas no desaparecen con la medicación.

En personas jóvenes esta problemática se despierta a veces frente a la decisión de tener o no hijos. La frase “no tendré hijos para que no se avergüencen de mí”, esconde una idea sumamente penosa, y nos hace pensar que, como no podemos saber qué sentirán los hijos que aún no se han tenido, los sujetos hablan, más bien, de su propia experiencia como hijos en relación a sus padres. Y sobre todo al hecho de sentirse culpables por haberse avergonzado o no haber valorado suficientemente, en el pasado, a sus progenitores. 

Estos son algunos de los sentimientos que acompañan a las personas deprimidas y que, por su contenido, son difíciles compartir con la familia, produciéndose un efecto que se añade al propio padecimiento, y es el progresivo aislamiento de la persona deprimida de su entorno, lo que favorece tanto el agravamiento de los síntomas como su cronificación.

Por eso ni los familiares deben sentirse culpables por no poder “hacer más” por sus seres queridos afectados, ni los depresivos reprocharse sus dificultades para salir adelante solos.

Mónica Gorenberg reside en España desde 1983. Nacida en Buenos Aires, es titular de un Diploma de Magisterio por el Instituto Nacional del profesorado de Buenos Aires y de una Licenciatura en Psicología por la UNED.

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