Hablando con la pareja

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«Yo había pensado que nuestra relación no iba bien. Es más. Había decidido que ese día hablaríamos. Tenía muchas cosas pensadas para decir. Pero se me adelantó. No me dejó ni hablar. No podía escuchar lo que me decía.   Sólo que las cosas no estaban saliendo como pensaba».

Esta es una situación bastante común, más allá de la anécdota: alguien nos habla y esperamos que acabe, para decir «lo nuestro», lo que ya teníamos decidido antes de que el otro comenzara a hablar… Así que podemos preguntar: ¿qué clase de conversación es esa?

En el ejemplo, la persona se sale del guion, dice algo inesperado: tenemos que dejarlo. Y el interlocutor no puede reaccionar. Porque si somos capaces de reconocer que no escuchamos, veremos a continuación que no sólo no escuchamos al otro, sino que ponemos la cara y estamos esperando nuestro turno, repasando nuestras ideas, en la seguridad de que ya sabemos lo que va a decir.

Es muy difícil sustraerse a la idea de que conocemos de antemano lo que vamos a escuchar: ¡Si siempre dice lo mismo! Es una frase que cualquier relación en crisis pone en juego. Sin embargo, como ocurre en múltiples situaciones de la vida, lo que ha ocurrido «siempre» no tiene por qué ocurrir de nuevo: que hayamos aprobado todos nuestros exámenes no garantiza que aprobemos el próximo, ni que hayamos suspendido nuestra primera prueba del carné de conducir asegura que suspenderemos la siguiente.

El otro problema que genera esta manera de pensar es que, si adelantamos lo que nos dirán, si estamos seguros de lo que oiremos, no le damos oportunidad a quien nos rodea de darse a conocer: «Crees que lo sabes todo de mí», por ejemplo, puede ser tanto una frase de un hijo adolescente como de una pareja, que reclaman el derecho a ser escuchados sin prejuicios.

Porque no olvidemos que todas esas ideas o sensaciones, acerca de que «ya sabemos», «ya conocemos», «ya sospechábamos», no dejan de ser pre-juicios. Juicios previos que disminuyen nuestra capacidad de escuchar lo que las personas tienen que decirnos. Las obligan a ejercer algún tipo de violencia para ser escuchadas. Y en esos casos las peleas se hacen frecuentes.

Las discusiones y los ataques personales más fuertes. Porque imaginaros: si creo que sé lo que el otro va a decir, le condeno a ser quien yo pienso que es. Aunque sea aparentemente para bien (creo que eres lista, o genial, o creo que no serías capaz de engañarme o lo que sea), lo importante es que no me relaciono con la persona real, sino con un fantasma. Y a nadie le gusta serlo.

Y le obligamos a demostrarnos quién es en realidad, aunque sea por la fuerza. Los prejuicios son imposibles de eliminar, porque cumplen una función tranquilizadora. Y no se refieren a las razas de las personas o a su identidad sexual exclusivamente, como podríamos creer. Operan en todas las esferas de nuestra vida, creando barreras entre nosotros y quienes nos rodean. Se trata de reconocerlos, y solucionar, en cada caso, las situaciones que nos crean: aislamiento, falta de comunicación con las personas queridas. Distancia. Sólo así podremos comenzar a escuchar a quienes nos rodean.

Mónica Gorenberg reside en España desde 1983. Nacida en Buenos Aires, es titular de un Diploma de Magisterio por el Instituto Nacional del profesorado de Buenos Aires y de una Licenciatura en Psicología por la UNED.

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