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El desarrollo dental en la infancia es un proceso más complejo de lo que parece a simple vista. No se trata solo de que salgan los dientes de leche y, más adelante, los definitivos. Durante esos años se forma la mordida, se establecen patrones de crecimiento óseo y se construye la base de la salud bucodental futura. La odontopediatría es la especialidad que acompaña y supervisa esta etapa clave.
Desde los primeros meses de vida, la boca del niño empieza a cambiar. La erupción de los dientes temporales suele comenzar alrededor de los seis meses, aunque cada niño tiene su propio ritmo. Estos dientes, a menudo subestimados, cumplen funciones fundamentales: permiten masticar, favorecen el desarrollo del habla y mantienen el espacio para los dientes permanentes.
Una correcta alineación en la dentición temporal influye directamente en cómo erupcionarán los dientes definitivos. Por eso la vigilancia temprana es tan importante.
La mordida no es simplemente el contacto entre los dientes superiores e inferiores. Es el resultado de un equilibrio entre huesos, músculos y dientes. Durante la infancia, el crecimiento de los maxilares determina en gran medida la futura oclusión.
Si el maxilar superior y la mandíbula crecen de forma armónica, los dientes tendrán más probabilidades de alinearse correctamente. Pero cuando existe un desequilibrio, pueden aparecer problemas como mordida cruzada, sobremordida o apiñamiento.
Algunos factores que influyen en el desarrollo de la mordida son hereditarios, pero otros están relacionados con hábitos adquiridos. La succión prolongada del dedo, el uso excesivo del chupete o la respiración bucal pueden alterar el crecimiento normal.
La primera visita al odontopediatra suele recomendarse alrededor del primer año de vida o cuando aparece el primer diente. Aunque parezca pronto, estas revisiones permiten orientar a los padres y detectar posibles alteraciones desde el inicio.
En edades más avanzadas, el seguimiento periódico ayuda a observar cómo evolucionan los maxilares y la posición de los dientes. Muchas veces se pueden aplicar medidas interceptivas sencillas que evitan tratamientos más complejos en la adolescencia.
Detectar una mordida cruzada a tiempo, por ejemplo, puede permitir una corrección temprana aprovechando el crecimiento óseo. Cuanto antes se actúa, más sencillo suele ser el tratamiento.
La respiración es uno de los factores menos valorados y, sin embargo, más determinantes. Un niño que respira habitualmente por la boca puede desarrollar alteraciones en el crecimiento del paladar y la posición de los dientes.
La deglución atípica, en la que la lengua empuja los dientes en lugar de apoyarse en el paladar, también puede generar cambios en la alineación dental. En estos casos, el trabajo conjunto con otros profesionales puede ser necesario.
Eliminar hábitos perjudiciales antes de los tres o cuatro años facilita que la mordida se desarrolle de forma más equilibrada.

Entre los seis y los doce años se produce la llamada dentición mixta, en la que conviven dientes de leche y permanentes. Es un periodo especialmente importante para el desarrollo de la mordida.
En esta fase pueden aparecer desajustes temporales que se corrigen solos, pero también señales que requieren intervención. El espacio disponible, la dirección de erupción y el tamaño de los maxilares son aspectos que el odontopediatra evalúa con atención.
En algunos casos se utilizan aparatos funcionales que guían el crecimiento de los huesos. Estos dispositivos no solo alinean dientes, sino que influyen en el desarrollo facial.
La odontopediatría no se limita a corregir la posición dental. También promueve hábitos de higiene adecuados desde edades tempranas. Enseñar a cepillarse correctamente y establecer rutinas diarias crea una base sólida para el futuro.
Además, se trabaja en la prevención de caries, que pueden afectar al desarrollo de la mordida si provocan pérdida prematura de dientes temporales. Cuando un diente de leche se pierde antes de tiempo, el espacio puede cerrarse y dificultar la erupción del definitivo.
La educación y la confianza son pilares fundamentales. Un niño que vive experiencias positivas en consulta tendrá menos miedo y más disposición a cuidar su salud bucal.
El entorno familiar influye directamente en el desarrollo dental. Los padres son quienes supervisan la higiene, controlan la alimentación y observan posibles cambios.
Reducir el consumo de azúcares, fomentar la respiración nasal y acudir a revisiones periódicas son decisiones que marcan la diferencia. La prevención comienza en casa.
También es importante evitar normalizar ciertos signos como el rechinar de dientes, la respiración constante por la boca o la dificultad para masticar. Consultar ante cualquier duda permite actuar con tiempo.
El desarrollo dental de la mordida es un proceso dinámico que evoluciona durante años. Cada etapa aporta información valiosa sobre cómo crece el niño. La odontopediatría acompaña ese crecimiento, corrige desviaciones cuando es necesario y refuerza hábitos saludables. Cuidar la mordida desde la infancia no solo mejora la alineación futura, sino que sienta las bases de una sonrisa funcional y equilibrada para toda la vida.
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