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La ortodoncia invisible es una forma de corregir la posición de los dientes sin brackets metálicos a la vista. En lugar de alambres y piezas fijas, utiliza alineadores transparentes hechos a medida que se van cambiando con el tiempo. A simple vista suelen pasar desapercibidos, pero lo importante no es solo la estética: para muchas personas supone una manera más cómoda y práctica de llevar un tratamiento de ortodoncia en el día a día.
Cuando hablamos de “invisible”, en realidad hablamos de alineadores removibles. Son como unas férulas finas de plástico transparente que abrazan los dientes y los empujan de forma gradual hacia la posición planificada. No mueven todo de golpe. Lo hacen milímetro a milímetro, con una serie de alineadores numerados que se van usando en orden.
Todo empieza con una revisión completa. Aquí se analiza qué problema hay y qué se quiere conseguir: apiñamiento, separaciones, dientes girados, mordida abierta, sobremordida, mordida cruzada… También se revisa el estado de encías y dientes, porque antes de alinear conviene tener la boca sana. Si hay caries, inflamación o sarro acumulado, se suele priorizar eso.
En esta fase también se aclara algo clave: la ortodoncia invisible es muy versátil, pero no es magia. Hay casos en los que funciona muy bien y otros en los que puede requerir recursos extra (elásticos, attachments, o incluso combinar técnicas). La valoración sirve para poner expectativas realistas desde el minuto uno.
Si el caso es apto, se toman registros. Hoy lo habitual es usar un escáner intraoral para crear un modelo 3D de la boca sin pastas, aunque en algunos sitios todavía se toman impresiones tradicionales. Además, es frecuente que se hagan fotos y radiografías para ver raíces, hueso y la relación entre ambas arcadas.
Con todo eso se diseña el plan. Aquí está uno de los puntos fuertes de los alineadores: el movimiento se planifica de forma digital, y se puede ver una simulación de cómo irán cambiando los dientes con cada fase. No es una “promesa”, pero sí una guía muy útil para entender el camino.
Una vez aprobado el plan, se fabrican los alineadores a medida. Llegan en un kit o cajas por etapas, numerados y listos para seguir el orden marcado. Cada alineador está pensado para aplicar una fuerza concreta. Por eso no conviene “saltarse” alineadores ni cambiar antes de tiempo, aunque parezca que encajan bien.
En algunos casos se colocan attachments (pequeños relieves del color del diente) en ciertas piezas. No son obligatorios siempre, pero ayudan a que el alineador tenga mejor agarre y a que algunos movimientos difíciles sean más precisos, como rotaciones o cambios de inclinación.
El primer día suele ser una mezcla de emoción y adaptación. Los alineadores se colocan a presión y deben encajar perfectamente. Es normal notar tirantez las primeras horas o el primer par de días, como una presión constante. No suele ser un dolor intenso, pero sí una sensación de “dientes trabajando”, especialmente al cambiar al siguiente alineador.
También es común que al principio se note un poco más de saliva, o que el habla se altere ligeramente durante un par de días. La mayoría se adapta rápido. Un truco práctico: hablar en voz alta en casa durante un rato ayuda a acostumbrarse antes.
Para que funcionen, hay una regla de oro: constancia. En general se recomiendan entre 20 y 22 horas al día. Eso significa que solo se quitan para comer, beber cosas que manchen o lleven azúcar, y para cepillarse. Si se usan menos horas, los alineadores pueden no asentar bien y el plan se descuadra.

Si vas a picar algo, mejor decidirlo y hacerlo en un momento concreto, en vez de ir quitando y poniendo alineadores todo el tiempo. Si tomas café o té, lo ideal es quitarlos, porque el calor puede deformarlos y los pigmentos pueden teñirlos.
Los alineadores se cambian cada cierto tiempo (por ejemplo, cada 7, 10 o 14 días, según el plan). El cambio suele hacerse por la noche, porque las primeras horas son las de mayor presión y así se lleva mejor mientras duermes.
Las revisiones sirven para comprobar que los alineadores están asentando bien, que los dientes se mueven como estaba previsto y que no hay molestias fuera de lo normal. A veces se hacen pequeños ajustes: pulido de algún punto que roce, cambio en el ritmo de recambio o indicación de elásticos si hace falta.
La higiene es un punto fuerte de este sistema: al ser removible, puedes cepillarte sin obstáculos. Aun así, hay que hacerlo bien. Si comes y vuelves a ponerte el alineador sin limpiar, estás “encerrando” restos y azúcar contra los dientes, lo que aumenta el riesgo de caries.
Los alineadores se limpian con agua templada (no caliente) y un cepillo suave. Hay pastillas específicas, pero no hace falta obsesionarse: lo importante es la regularidad y evitar productos abrasivos. Y si se pierde o se rompe uno, conviene avisar cuanto antes; a veces se puede volver al anterior o pasar al siguiente, pero no es una decisión para improvisar.
Aunque el plan esté muy bien hecho, la boca es biología y no siempre se comporta al milímetro. Por eso existen los refinamientos: una fase extra de alineadores para perfeccionar detalles, como cerrar un pequeño espacio residual o mejorar el encaje de la mordida.
No es un “fallo” del tratamiento. En muchos casos es parte natural del proceso. Lo importante es verlo como lo que es: una herramienta para ajustar y rematar el resultado.
Cuando los dientes llegan a la posición final, no se “acaba” sin más. El gran enemigo aquí es la recaída. Los dientes tienden a moverse si no se estabilizan, sobre todo los primeros meses.
Por eso se usan retenedores. Pueden ser removibles (similares a un alineador pero pensados para mantener) y/o fijos (un pequeño alambre pegado por detrás de algunos dientes). La elección depende del caso y de los hábitos de cada persona, pero el objetivo es el mismo: que el esfuerzo valga a largo plazo, no solo en la foto del último día.
La ortodoncia invisible funciona muy bien cuando se entiende como un trabajo en equipo: el plan guía el movimiento, el profesional controla el proceso y el paciente aporta constancia. Si ese triángulo se cumple, el sistema es discreto, cómodo y bastante predecible para muchísimos casos, con una ventaja extra: te obliga a cuidar tus rutinas y, casi sin darte cuenta, te deja una boca más ordenada y unos hábitos más limpios.
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