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Dormir con la boca abierta puede parecer una simple costumbre, pero cuando ocurre de forma habitual, especialmente en la infancia, puede influir en el desarrollo oral y facial. La forma en la que respiramos, descansamos y colocamos la cabeza durante muchas horas al día tiene más importancia de la que parece.
Lo mismo ocurre con ciertas malas posturas. Una posición mantenida de la cabeza, el cuello o la mandíbula puede modificar el equilibrio muscular y afectar a la forma en la que crecen los maxilares, encajan los dientes y funciona la mordida.
Respirar por la boca durante la noche suele indicar que algo no está funcionando bien. Puede estar relacionado con congestión nasal, vegetaciones, amígdalas grandes, alergias, problemas respiratorios o hábitos mantenidos en el tiempo.
Cuando la boca permanece abierta muchas horas, la lengua deja de apoyarse correctamente en el paladar. Esta posición de la lengua es importante para el desarrollo del maxilar superior y para mantener un equilibrio adecuado dentro de la boca.
Si la lengua descansa baja de forma habitual, el paladar puede desarrollarse más estrecho y la mordida puede alterarse.
La respiración oral puede influir en la posición de los dientes. Al mantenerse la boca abierta, los labios no ejercen el mismo cierre natural y la lengua cambia su postura.
Esto puede favorecer problemas como:
Estos cambios no aparecen de un día para otro, pero pueden ir desarrollándose poco a poco durante el crecimiento.
La mandíbula también puede verse afectada. Cuando un niño duerme con la boca abierta de forma frecuente, la posición de reposo mandibular cambia. Esto puede influir en cómo crece la mandíbula y en la relación entre el maxilar superior y el inferior.
En algunos casos, puede observarse una mandíbula más retrasada, dificultad para cerrar bien los labios o una apariencia facial más alargada.
Por eso es importante no valorar solo los dientes, sino el conjunto: respiración, postura, lengua, labios y crecimiento facial.
Las malas posturas también pueden alterar el equilibrio de la boca. Dormir siempre con la cabeza muy inclinada, apoyar la mandíbula de forma constante sobre la mano o mantener una postura adelantada del cuello puede generar tensiones musculares.
Estas tensiones pueden afectar a la articulación temporomandibular, a la forma de morder y a la posición de reposo de la mandíbula.
Algunas señales pueden indicar que la respiración oral o las malas posturas están afectando al desarrollo:
Si estas señales se repiten, conviene realizar una valoración profesional.
En estos casos puede ser necesario un enfoque multidisciplinar. El odontopediatra u ortodoncista puede valorar el desarrollo dental y mandibular. El otorrino puede revisar si hay obstrucción nasal, vegetaciones o amígdalas grandes. El logopeda puede trabajar la respiración, la postura lingual y la deglución.
En algunos casos también puede ser útil la fisioterapia si hay alteraciones posturales o tensión cervical.

Cuando ya existen alteraciones en el desarrollo, la ortopedia dental puede ayudar a guiar el crecimiento de los maxilares, especialmente en niños. Por ejemplo, un paladar estrecho puede tratarse con aparatos de expansión si el caso lo requiere.
La ortodoncia, más adelante, puede corregir la posición de los dientes. Pero si no se corrige también la causa funcional, como la respiración oral o la mala posición de la lengua, el problema puede reaparecer.
Cuanto antes se detecta un patrón de respiración oral o una mala postura mantenida, más fácil suele ser corregir sus efectos. En la infancia, los huesos aún están en desarrollo, por lo que existe más margen para guiar el crecimiento.
Esperar a que todos los dientes definitivos hayan salido puede hacer que el tratamiento sea más largo o complejo.
Algunas medidas pueden contribuir a mejorar el desarrollo oral:
No se trata de corregirlo todo en casa, sino de detectar señales y pedir ayuda a tiempo.
El desarrollo dental y mandibular no depende solo de los dientes. La respiración, la lengua, los labios, la postura y el descanso influyen mucho más de lo que parece.
Dormir con la boca abierta o mantener malas posturas durante años puede alterar ese equilibrio poco a poco. Por eso, observar estos hábitos desde la infancia es una forma sencilla de prevenir problemas futuros y favorecer un crecimiento oral más saludable.
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